
Teorías hay para todos los gustos. Que si hay que conjugar la acidez del vino con el de la comida. Que si lo importante son las texturas. Que si lo que realmente importa es que el que se lo tome esté satisfecho... Los vinos con cierta acidez tienden a combinarse mejor con la comida, mientras que los de acidez baja a menudo se hacen pesados, y la botella se queda a medias. Eso se ve claramente en los restaurantes, en los que no se acaban las botellas: muchos de los vinos 'modernos' son vinos para catar, pero no para comer. Son realmente espectaculares en una cata a ciegas, pero luego no hay quien se beba un par de copas.
La regla de oro de algunos hoy en día es relativa a la geografía: "Los vinos y comidas de una misma región siempre combinan bien". Supuestamente tanto la gastronomía como el estilo del vino han ido evolucionando a lo largo de los años, y durante estos, adaptándose la una al otro y viceversa. Hay ejemplos perfectos, como el fortísimo queso münster de Alsacia y los gewürztraminer de dicha región, el 'pescaíto frito' y el fino o la manzanilla, o las trufas del Piamonte y el barolo... Sin embargo no es ésta la única regla, claro que no. Lo proclama Oz Clarke en su guía anual: "Dénme una regla, y la romperé. O al menos la retorceré".
Las clásicas (¡o modernas!)
Una de las reglas más conocidas, "blanco con el pescado, y tinto con la carne", funciona, aunque tiene sus notables excepciones. El salmón fresco a la plancha se lleva de maravilla con un buen pinot noir (para nosotros, si es de Borgoña, pues, ¡mejor que mejor!), mientras que la carne blanca va perfectamente con un blanco fermentado en barrica. El atún también casa mejor con algún tinto, y las aves con blancos. Algunas cosas parecen predestinadas. El lechazo de Peñafiel y los tintos de la Ribera. Albariños con los mariscos, aunque será un muscadet si le preguntamos a un amigo francés. Con la fabada o las lentejas... ¡un priorat! Erizos de mar al horno con un riesling de cierta edad es una de las posibles descripciones del paraíso. O los populares 'sushi' y 'sashimi', que también son adecuados para nuestro blanco favorito... Sin embargo la comida china nos pide algo más especiado, un gewürztraminer o un moscatel seco, al igual que ocurre con la comida india -un 'curry'- o tailandesa. Nos extrañan bastante las cartas de algunos restaurantes orientales, repletas de tintos (y de Gran Reserva, a poder ser...). Un zinfandel es el vino que todo buen norteamericano llevaría a una barbacoa. Deberían probar alguna vez un Ridge Lytton Springs o Geyserville con una buena hamburguesa de buey a la brasa... El champaña, como producto de lujo, ha ido unido a otros productos lujosos, como el caviar, aunque nosotros nos tomaríamos el caviar con un vodka, y guardaríamos la botella de champaña para tomar con un poco de salmón ahumado. Las ostras son acompañadas tradicionalmente -por parte de los iniciados, claro está- por algún blanco de Chablis, normalmente sin madera, y con una alta acidez. Una idea parecida a la del albariño con productos marinos.
Los quesos

Las difíciles
Algunos platos o ingredientes son especialmente difíciles de combinar con vino: las alcachofas, que contienen una sustancia -la cynarina, que nos recuerda al popular y amargo aperitivo italiano- que hace parecer dulce al agua, pero que da al vino un gusto metálico. Las judías verdes, espinacas, o especialmente los espárragos de lata, que te hacen sentir como si te bebes un zumo de naranja después de lavarte los dientes. (¿Lo han probado? ¡Es horrible!). Platos con mucho vinagre tampoco van muy bien: ensaladas, gazpachos, etcétera. Y tampoco es cuestión de empeñarse. O no se bebe nada, o se bebe agua. (El agua con hielo parece ser una de las bebidas favoritas de Tom Stevenson, el autor británico, a la hora de combinar comidas difíciles con vino). Dejemos el fundamentalismo a un lado, que ya hay bastante fundamentalismo por ahí suelto. Los tintos potentes, tan de moda últimamente, requieren de platos igualmente potentes: caza, carnes rojas, estofados, 'tartare' de mamut -solemos bromear en las catas de elmundovino.com cuando aparece uno de esos negro oscuro con aroma a mermelada de frutos negros- que al final, nos damos cuenta que son platos que no comemos tan a menudo. Si llenan su bodega de éstos, verán que realmente hay pocas ocasiones en las que consumirlos. Y se van quedando en nuestras bodegas, o en las cartas de los restaurantes. Y no digamos ahora en verano. Rosados -sí, sí, rosados, han leído bien; nosotros bebemos incluso rosados; cada vino tiene su momento-, blancos, un champaña 'blanc de blancs' de aperitivo en un día muy caluroso... Otra de las polémicas es la del 'foie'. Los bordeleses te dirán que sin duda un sauternes. Hugh Johnson te dirá que un tokaji -toma, como que tiene intereses en la Royal Tokaj Company...- y, en Alsacia, que un alsaciano. Incluso alguno te dirá que con champaña (Tom Stevenson, una vez más, lo recomienda con casi todo). Para nosotros, un 'vendimia tardía' alsaciano es perfecto. Con el sauternes nos parece demasiado empalagoso. Las sopas suelen tener el problema de las temperaturas. ¿Qué vino nos bebemos con una sopa ardiendo? La verdad es que ninguno.
Los postres
El chocolate es 'postre' y 'difícil'. Tradicionalmente son los vinos de Banyuls, esa especie de oportos oxidativos ('rancios') a base de garnacha tinta que se producen nada más cruzar la frontera francesa desde el Ampurdán, de los pocos que aguantan el tipo. Se puede experimentar también con oportos -los 'vintages' jóvenes aguantan lo que les echen, claro- y con moscateles licorosos. Incluso algún Pedro Ximénez. Sin embargo, los frutos secos parecen estar hechos a la medida de los olorosos o los oportos 'tawny'. El 'típico' cava con el dulce o el turrón en la clásica celebración familiar te sienta como una patada en el estómago. Las comidas dulces se llevan mal con vinos secos. En general, los espumosos secos van mucho mejor con el aperitivo, o incluso acompañando a la comida -¿se creen que uno de los mejores manjares del mundo es un Krug con un buen jamón de Jabugo?- pero no con el postre. Para el postre hay algunos cavas dulces -no muchos; Gramona hace uno-, y están el moscato d'Asti, bastante más ligerito, o la gran profusión de vinos dulces que hay en nuestro país. Con un helado, de vainilla por ejemplo, o de yogur griego -como nos lo pone nuestro amigo Abraham García en su restaurante Viridiana- nada mejor que un denso y dulce Pedro Ximénez, mejor todavía si es encima del helado que al lado de él. Un buen melocotón -de viña, por ejemplo- es el compañero perfecto para una copa de un riesling 'auslese' o 'trockenbeerenauslese'. Para una sorpresa, prueben unas fresas o frambuesas con un vino tinto. Y ¿los grandes vinos? Pues... ¡con los mejores amigos! Les aseguramos que no recordamos lo que comimos con esa excelsa botella de La Tâche, pero desde luego sí que recordamos con quién la compartimos.
**Tomado de "El Mundo Vino.com"
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